Alcanzar la más depurada expresión ha sido la gran utopía de los poetas. En breves sentencias se nos han transferido invaluables legados del verbo, profundos en significados, apenas perceptibles como en nuestros códices, y lo suficientemente visibles para iniciarnos en las artes del enigma. En palimpsestos hemos resumido con escuetas líneas el pasado. Es sencillo recordar un poema completo cuando sus estrofas no rebasan el diámetro de un trozo de hoja suelta. Asimismo, deleitamos el aroma de un puñado de sílabas ricas en música cuando ésta es alojada en cada una de las coyunturas del verso. El jugo primordial del poema, la textura de las sensaciones y la policromía de sus imágenes exquisitamente sobrepuestas en papel fabrican delicados manjares para la avidez del ojo interno del espectador. Percibimos las melodías no sólo por la armonía de sus contornos, sino también por aquello que no nos dice. La expresividad de un poema mora incluso en ese espacio en blanco contiguo a la palabra. A la economía de partículas lingüísticas, a la brevedad concisa de los recursos estéticos de todo aquel que ejerce la escritura, bien podríamos llamarle laconismo.
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